9 May, 2007

El hombre corcho

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Relato que se me ocurrió hace no mucho en mitad de un bar y, como será fácil de suponer, es completamente ficticio. Así que no intentéis sacar conclusiones extrañas ni me psicoanalicéis, que es la historia del hombre de corcho y no hay que empañar su momento.

Al hombre corcho le conocí hace un tiempo, no recuerdo cuánto, pero le vi al pobre sólo, encima de una mesa rodeado de migas y comida y tenedores y mierda. Supuse que estaría triste. No me contestó. Saqué un rotulador, le pinte un rostro triste :( y metí a mi amigo en el bolsillo. Una vez en casa supuse de nuevo que sería más feliz aquí. Saqué el mismo rotulador y le dibuje una sonrisa :) en la parte opuesta a la anterior. Entonces nos pusimos a hablar (él más bien escuchaba). Me dió la impresión de que el hombre corcho ni sentía ni padecía, simplemente estaba ahí sentado, enfrente mío, con una sonrisa cuando le contaba algo alegre y realmente triste cuando la historia me ponía melancólico, pero en el fondo él era muy agradecido, así que le llevaba a todas mis fiestas y le presentaba a todos mis compañeros. Le gustaba estar entre sus iguales, rodeado de botellas y, cuando yo entablaba alguna amistad con ellas, el sonreía aún más ampliamente que de costumbre. Con un cuchillo le afilaba un poquito sus piernecitas de corcho, tapaba con él a nuestro nuevo amigo y volvíamos a casa los tres entre risas. Un buen día, el hombre corcho desapareció. No supe muy bien por qué, la verdad, hasta el sábado, que pensé de nuevo en él. El hombre corcho siempre había tenido un problema: cuando hablabas con él te ofrecía una cara pero en su espalda ocultaba otra; cuando yo pensaba que él era feliz tal vez fuese triste y, cuando me compadecía de él, tal vez se estuviese partiendo de risa dentro de su cuerpecito de corcho. Así que un buen día desapareció y fui yo el que me puse triste o alegre, no lo recuerdo. Lo único que eché en falta del hombre corcho durante nuestro breve romance fue su voz, nunca habló, y es que el cabrón siempre calló por temor a disgustarme, cosa que siempre me he echado en cara.

 

23 April, 2007

Confesiones

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- Bueno, cuéntame, ¿hiciste algo de lo que te arrepientas?
- Joder, no.
- ¿Hiciste algo, aunque no te arrepientas?
- Claro.

9 April, 2007

Titúlalo como te salga del rabo, y nunca mejor dicho

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Echando la cabeza para atrás pensó a quién tendría que darle las gracias por lo que acababa de ocurrir. No sabía muy bien cómo había sido, pero ahí estaba, respirando profundamente y con una sonrisa increíble en la boca. Siempre se había considerado un buen tipo. Tal vez el de arriba le debiese algunos favores. Ella salió de debajo de las sábanas y se incorporó como diciendo qué, cabrón, he estado increíble, lo sé. Él sólo pudo confirmárselo torpemente levantando las manos en señal de no sé cómo coño lo has hecho, pero ha sido genial. Ambos se besaron. Después él tocó una de sus tetas en comprobación de que aquello no había sido un sueño; la amiga se movió arriba y abajo, como un flan. Se besaron de nuevo y se tumbaron: él boca arriba, ella de lado; uno para pensar en cómo intentar transcribir lo que había pasado y la otra realmente para dormir.
 
No sé muy bien cómo empezar. Tal vez escribir que me han hecho la mejor mamada de mi vida, así, sin más, suene un poco duro. Además, eso no tiene clase, es vulgar. Podría centrarme en describir lo que vi, lo de inclinar mi cuello por debajo de la sábana, a oscuras, y sólo oir mi respiración y el sonido de su boca lamiéndome. Cursi. Eso sería casi peor que lo de que me han hecho la mejor mamada de mi vida; al menos lo otro no tiene clase y es vulgar, que vende mucho. Mierda.
 
"Echando la cabeza para atrás pensó a quién tendría que darle las gracias por lo que acababa de ocurrir". 
 
Sí, es bastante buena idea. Meter ese recurso siempre suele funcionar.
 
"Tal vez dios no fuese sordo al fin y al cabo". 
 
No, no funciona. Mejor algo más impersonal: "Siempre se había considerado un buen tipo. Tal vez el de arriba le debiese algunos favores". Sí, mejor. A partir de aquí, el resto es coser y cantar.
 
Pensó en lo bien que se estaba en algunos momentos, sin preocupaciones de ningún tipo y sin deberle nada a nadie; estar en paz, que se diría. Que no se joda este momento, por favor, que no suene el teléfono, que no me tire un pedo, que no me ponga a hacer chistes malos para romper el hielo, que no quiero romperlo, que quiero que todo se quede así, por favor. Entonces cerró los ojos y dejó de escuchar el ruido de los coches, las voces de la calle dejaron de molestarle; tal vez el de arriba realmente le debiese algo más importante y hoy le estuviera regalando el premio gordo en forma de deseos. Medio dormido, lo último en lo que pensó fue en la cara de ella, mirándole también. Otro beso y a dormir, sin coches y sin voces. Al despertar no escuchó nada, pero era de día; no todo había permanecido igual que hace unas horas. Maldijo en forma de tos. Abrió los ojos y allí estaba, tal y como la había soñado la noche anterior, mirándole directamente y con una sonrisa. Él levanto la mano y le tocó una teta. Se movió arriba y abajo, como un flan. Le encantó la idea de volver a estar despierto.
29 March, 2007

Soledades

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Dicen que soy ciego. No porque no pueda ver, de visión no puedo quejarme; incluso podría considerarme guapo. Me llaman ciego porque nunca he estado en la cama con una mujer, hasta el final, claro. Chicas suelo conocer todas las noches, forma parte del juego de ser atractivo. Con una copa o dos y promesas de placer sin límites suben a casa, se sientan y, tras cinco minutos de conversación inútil, su secreto se abre ante mí como diciendo ¿a qué coño esperas? Entonces me pongo tenso, excitado, y pienso en si por fin veré las lucecitas que me quiten la ceguera mientras grito un gran jooooder aspirando el aroma de su cuello. Después me pongo algo menos tenso y algo menos excitado, y pienso en si me dolerá más el meterla o el que no pueda hacerlo, si seré una bestia incontrolable como todos esos actores o más bien un triste aprendiz que no aguante ni cuatro o cinco embestidas. Me vengo abajo, siempre, sin remedio y, con excusas de esto no me había pasado nunca, la chica se marcha a por un taxi, insatisfecha. Ya está bien, me digo, ¿quién necesita a las mujeres? Yo no, me basto y me sobro cuando los dedos cubren mi soledad; entonces siempre termino, satisfecho. Ahora imaginaos lo que ha estado haciéndome la otra mano mientras se escribían estas notas, porque yo acabo de salpicar todo el folio.
 
Extracto de Confesiones de una polla anónima
27 March, 2007

La bata blanca de nombre extraño

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Era la primera vez que acudía a aquella consulta. Tenía cuatro o cinco cuadros de distintos barcos y a mí nunca me había hecho mucha gracia el mar, caerme por la borda y que me comiese un calamar gigante de veinte metros. Intenté imaginarme a alguno de esos bichos enormes tragándose al patrón de un velero de la Copa América, pero la señorita nos dijo que pasásemos a la salita. Allí estaba el doctor, con su bata blanca y su nombre extraño en la solapa; la verdad que ya no sé cómo se llamaba, pero el nombre era realmente peculiar. ¿Qué es lo que le pasa al chico? - No lo sé, doctor, pero lleva unos días con fiebre - Veamos, Diego, túmbate ahí.

Así que fui derecho a la camilla, me quité la ropa y me senté sobre el metal; creo que tuve un pequeño escalofrío: todo estaba helado y los médicos nunca me habían hecho, ni antes ni ahora, ninguna gracia. Con un aparatito miró a algo o alguien dentro de mis orejas y, con otro artilugio brillante, debío escuchar cómo peleaban dentro de mi pecho; yo no lo entendía. Respira fuerte, campeón. No sabía muy bien qué debía hacer así que exageré todo lo que pude. Así, así, muy bien. Ya puedes vestirte. La verdad, no sé qué puede pasarle exactamente. Todo es bastante normal.

Pero yo sí lo sabía. Hacía dos días se lo había confesado a mi madre: mamá, no puedo dejar de estar enamorado. Mi madre entonces se echó a reír. No he encontrado nada raro, su hijo está hecho una roca. Me dieron ganas de gritarle al médico, de decirle que ni sus diez o doce años de carrera podrían servirle para diagnosticar mi mal, que qué sabría él del amor, ahí, detrás de un viejo escritorio y con un nombre tan raro. Me dieron ganas de gritarle, aún más alto, que la única explicación era que Irene me dijo que no podía ser mi novia porque yo decía muchas palabrotas jugando al fútbol. Entonces me dolió el pecho y supuse que por eso al amor le dedicaban tantas canciones. Y yo tenía sólo seis años.

El doctor selló con su tampón la segunda receta. Yo quise ser comido por uno de aquellos calamares gigantes. 

26 March, 2007

Rojos

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Anoche me acordé de tus pantalones rojos; de ir al metro y dejarlo escapar una, dos o tres veces para seguir robándonos besos. Pensar en menudo tacto a polipiel, aunque no supiese lo que era, mientras te acariciaba la zona baja de la espalda con una mano y con la otra echaba tímidas miradas al reloj (no podías llegar tarde); simplemente me hacía gracia la palabrita, y tú seguías ahí, sorbiéndonos los minutos a ritmo frenético. Después de dejarte yo volvía a terminar lo que estaba bebiendo y estos me preguntaban que qué tal había ido todo. Yo les decía que bien, que poco a poco, que nos estabamos conociendo, pero seguía sonriendo para mis adentros con lo del tacto a polipiel y encantado con lo de dejar escapar el metro; delante de ellos no era lo mismo y, esos diez o veinte minutos sólos, esperando, eran la gloria, aquello por lo que valía la pena toda la semana. Un día me dijiste que se te rompieron los pantalones rojos. Tampoco era plan de ponerse una rodillera fosforita en las ingles o en la raja del culo (ya no recuerdo por dónde se rompieron), así que los tiraste o los usaste como trapo (tampoco lo recuerdo). El caso es que pantalones había tocado algunos antes que ese y algún otro después; tu habías hecho lo mismo, incluso te compraste otros, no ibas a ir desnuda por la calle. El caso, repito, es que anoche me acordé de esos pantalones rojos. Tal vez por eso, dejé escapar el metro una, dos o tres veces, tal vez, en su recuerdo.
24 March, 2007

Adiós, mi rubia

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Parece que sí, que ha llegado la hora de despedirnos. Decían que contigo encontraría grandes compañeras de cama, decían, porque jamás vi ninguna con tus consejos. Decían también que causaba sensación cuando estaba a tu lado, pero últimamente sólo me has dado quebraderos de cabeza y una mala noche, la de ayer. Prefiero sacrificarte: estar contigo me engorda no sólo el alma, también el cuerpo y otras cosas; ahora me cuido. A tu lado todas se contagian de tu belleza, pero te digo adiós, mi rubia. Me da pena; escribo esto y siento lástima. Lástima por tener que despedirme en estas condiciones pero, como te he dicho, me has quitado más de lo que me has dado. Si acaso, un día de estos te llamaré y nos veremos, supongo, para escribir algo, pero de momento no, mi rubia. No pienso volver a beberte.

 

10 March, 2007

Bebamos

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En el mundo hay tres tipos de personas: los que beben para olvidar, los que beben para recordar y los que beben para que suceda algo. La cita no es mía, es de Bukowski (amigo Charrrli para algunos). Allá vamos.

Primera buscaba la perfección aquella noche. Se miró al espejo para ver su cara recién maquillada. Siempre se había sentido guapa pero ya pocas veces se lo repetían. En la habitación de al lado los hijos de Primera daban gritos. En momentos así, uno casi hubiese preferido no haberlos tenido. Bebió la copa con cuidado de no desdibujar sus labios pintados.

Segundo estaba sentado en el sofá. Aquella condenada mujer siempre le hacía retrasarse, a él. Miró el reloj una vez más y se unió en el coro a los pequeños de la casa. Decidió servirse otra antes de salir, esperando.

Primera y Segundo paseaban ahora por una calle del centro. Tercero estaba en una acera, sentado y apurando el vino más barato que pudo conseguir. Segundo le lanzó una mirada de suficiencia y Primera se la apartó.

Primera, soy yo, ¿no me reconoces? Tercero se incorporó y con un pequeño golpecito en el hombro llamó su atención. ¿Buscas problemas, estúpido? Segundo sacó algo del poco pecho que tenía y Tercero pareció algo confundido. No, no, tranquilo, fui compañero de Primera hace años, no pretendía… (…) No sé qué decirte. Mírate, has cambiado tanto que no supe si eras tú hasta que te has girado. Aún recuerdo la época en la que nos creíamos capaces de cambiar el mundo. La falsa sonrisa de Primera pareció agradar de alguna forma a Tercero. Supongo que podríamos quedar alguna vez por aquí y charlar, qué sé yo, por los viejos tiempos, y tomar algo. Supongo fue también la respuesta que le dió Primera. No creo que haya ningún problema en quedar algún día.

Aunque ambos supiesen que no volverían a verse los dos sonreían, cada uno por sus motivos.

Tercero volvió a su duro asiento en la zona preferente de la calle y terminó lo que había dejado a medias. Primera y Segundo siguieron calle abajo riendo, más tarde bebiendo y, después, follando, riendo y bebiendo, creyendo que de verdad estaban viviendo su sueño. 

7 February, 2007

-.- No Basado en una historia real -.-

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La historia suele comenzar cuando miras el móvil por enésima vez y sólo te devuelve el mismo fondo de pantalla que llevas arrastrando meses. Apuras la copa hasta la última gota y, con gran aflicción, te despides de tus amigos. Ellos te piden acompañarte pero tú decides que no, que mejor sólo; necesito pensar, dices. Ni los bolardos ni las personas se apartan de ti con la suficiente rapidez que quisieras; te enfadas, pero no es por la elevada cantidad de alcohol que llevas en sangre, que sabemos que te gustaría que fuese tanta como para quitarte el sentido, sino por la felicidad que inunda el ambiente que te rodea, justo a esa hora y en ese preciso lugar. Así que a duras penas subes al autobús, pagas el billete y te sientas en la esquina izquierda, la del fondo. Arranca y comienzas a rumiar pensamientos un tanto extraños y, sin que te des cuenta, de repente te imaginas ahí, asomado al puente. Todo es muy peliculero; tú mismo te ves en tercera persona, imaginando tus pensamientos y, zas… no ves el salto, porque tu cabecita en el fondo es demasiado romántica, así que apareces directamente, como flotando sobre sus cabezas, en tu propio funeral. Ahí ves a todos, amigos, familiares y ex-novia (no en ese orden), mientras lloran tu pérdida. Eso te hace sentir feliz e importante, una pieza que al eliminarla lo único que causaría sería desdicha a los que le rodean. Tu mente romántica te vuelve a engañar y una vocecilla te dice que te dejes de gilipolleces, amigo. Total, que el autobús llega al puente y en un último arranque de valor le das al botón de aviso de parada. Vas a levantarte, pero entonces piensas el frío que debe hacer fuera, que tal vez hoy no sea el día y sí mañana… y con esta cantinela apareces en tu cama, calentito y, mientras te estiras todo lo que puedes bajo las mantas piensas que tal vez el frío no era tal, ni que el valor se marcha de un día para otro, que tal vez lo que te impidió saltar fue el pensar que la vida continúa, para todos, y que ellos no iban a estar ahí siempre haciendo brindis en tu honor recordando al gran John Smittie. Entonces es cuando te quedas dormido, avergonzado. Al día siguiente, casualmente, hasta la mayor estupidez te arranca una sonrisa.

Me autobienvengo y os doy la bienvenida al resto. Para algunas personas de mi círculo cercano que no lo están pasando especialmente bien últimamente: let the sunshine in, my dear fellows.