29 March, 2007

Dedicatoria

A mi madre, coño, a ella. Gracias.

Soledades

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Dicen que soy ciego. No porque no pueda ver, de visión no puedo quejarme; incluso podría considerarme guapo. Me llaman ciego porque nunca he estado en la cama con una mujer, hasta el final, claro. Chicas suelo conocer todas las noches, forma parte del juego de ser atractivo. Con una copa o dos y promesas de placer sin límites suben a casa, se sientan y, tras cinco minutos de conversación inútil, su secreto se abre ante mí como diciendo ¿a qué coño esperas? Entonces me pongo tenso, excitado, y pienso en si por fin veré las lucecitas que me quiten la ceguera mientras grito un gran jooooder aspirando el aroma de su cuello. Después me pongo algo menos tenso y algo menos excitado, y pienso en si me dolerá más el meterla o el que no pueda hacerlo, si seré una bestia incontrolable como todos esos actores o más bien un triste aprendiz que no aguante ni cuatro o cinco embestidas. Me vengo abajo, siempre, sin remedio y, con excusas de esto no me había pasado nunca, la chica se marcha a por un taxi, insatisfecha. Ya está bien, me digo, ¿quién necesita a las mujeres? Yo no, me basto y me sobro cuando los dedos cubren mi soledad; entonces siempre termino, satisfecho. Ahora imaginaos lo que ha estado haciéndome la otra mano mientras se escribían estas notas, porque yo acabo de salpicar todo el folio.
 
Extracto de Confesiones de una polla anónima
28 March, 2007

Proyectos

- Concierto del 14 de abril en Madrid.
- Terminar el disco y editarlo.
- Concierto del 19 de mayo en Vigo.
- Concierto de Ozzy en Zaragoza.
- Viaje a Cracovia.
- Impulsar Scythecut Press.
- Terminar el libro y editarlo.

27 March, 2007

Explicación de las categorías

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Algunas personas me han preguntado que cuál es la diferencia entre Lights&Tales y Time&Lights at 11010. Es bastante sencillo: en la primera comento historias que suelen ser de ficción completa o con algún detalle real pero, eso sí, siempre con un fondo ficticio; la segunda categoría vendría a ser lo que es un blog más al uso: contar tu día a día o las historias que rodean tu día a día de forma verídica, sin inventarte nada.

Así que si alguno de mis (pocos) lectores se ve identificado con alguna de las entradas de Lights&Tales, que sepa que puede que sea él o puede que no; seguramente no, ya que mis estados de ánimo (how EMO) y lo que tiene que ver con mi vida (how EMO x2) va siempre al apartado de 11010.

Simple.

La bata blanca de nombre extraño

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Era la primera vez que acudía a aquella consulta. Tenía cuatro o cinco cuadros de distintos barcos y a mí nunca me había hecho mucha gracia el mar, caerme por la borda y que me comiese un calamar gigante de veinte metros. Intenté imaginarme a alguno de esos bichos enormes tragándose al patrón de un velero de la Copa América, pero la señorita nos dijo que pasásemos a la salita. Allí estaba el doctor, con su bata blanca y su nombre extraño en la solapa; la verdad que ya no sé cómo se llamaba, pero el nombre era realmente peculiar. ¿Qué es lo que le pasa al chico? - No lo sé, doctor, pero lleva unos días con fiebre - Veamos, Diego, túmbate ahí.

Así que fui derecho a la camilla, me quité la ropa y me senté sobre el metal; creo que tuve un pequeño escalofrío: todo estaba helado y los médicos nunca me habían hecho, ni antes ni ahora, ninguna gracia. Con un aparatito miró a algo o alguien dentro de mis orejas y, con otro artilugio brillante, debío escuchar cómo peleaban dentro de mi pecho; yo no lo entendía. Respira fuerte, campeón. No sabía muy bien qué debía hacer así que exageré todo lo que pude. Así, así, muy bien. Ya puedes vestirte. La verdad, no sé qué puede pasarle exactamente. Todo es bastante normal.

Pero yo sí lo sabía. Hacía dos días se lo había confesado a mi madre: mamá, no puedo dejar de estar enamorado. Mi madre entonces se echó a reír. No he encontrado nada raro, su hijo está hecho una roca. Me dieron ganas de gritarle al médico, de decirle que ni sus diez o doce años de carrera podrían servirle para diagnosticar mi mal, que qué sabría él del amor, ahí, detrás de un viejo escritorio y con un nombre tan raro. Me dieron ganas de gritarle, aún más alto, que la única explicación era que Irene me dijo que no podía ser mi novia porque yo decía muchas palabrotas jugando al fútbol. Entonces me dolió el pecho y supuse que por eso al amor le dedicaban tantas canciones. Y yo tenía sólo seis años.

El doctor selló con su tampón la segunda receta. Yo quise ser comido por uno de aquellos calamares gigantes. 

26 March, 2007

Rojos

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Anoche me acordé de tus pantalones rojos; de ir al metro y dejarlo escapar una, dos o tres veces para seguir robándonos besos. Pensar en menudo tacto a polipiel, aunque no supiese lo que era, mientras te acariciaba la zona baja de la espalda con una mano y con la otra echaba tímidas miradas al reloj (no podías llegar tarde); simplemente me hacía gracia la palabrita, y tú seguías ahí, sorbiéndonos los minutos a ritmo frenético. Después de dejarte yo volvía a terminar lo que estaba bebiendo y estos me preguntaban que qué tal había ido todo. Yo les decía que bien, que poco a poco, que nos estabamos conociendo, pero seguía sonriendo para mis adentros con lo del tacto a polipiel y encantado con lo de dejar escapar el metro; delante de ellos no era lo mismo y, esos diez o veinte minutos sólos, esperando, eran la gloria, aquello por lo que valía la pena toda la semana. Un día me dijiste que se te rompieron los pantalones rojos. Tampoco era plan de ponerse una rodillera fosforita en las ingles o en la raja del culo (ya no recuerdo por dónde se rompieron), así que los tiraste o los usaste como trapo (tampoco lo recuerdo). El caso es que pantalones había tocado algunos antes que ese y algún otro después; tu habías hecho lo mismo, incluso te compraste otros, no ibas a ir desnuda por la calle. El caso, repito, es que anoche me acordé de esos pantalones rojos. Tal vez por eso, dejé escapar el metro una, dos o tres veces, tal vez, en su recuerdo.
24 March, 2007

Adiós, mi rubia

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Parece que sí, que ha llegado la hora de despedirnos. Decían que contigo encontraría grandes compañeras de cama, decían, porque jamás vi ninguna con tus consejos. Decían también que causaba sensación cuando estaba a tu lado, pero últimamente sólo me has dado quebraderos de cabeza y una mala noche, la de ayer. Prefiero sacrificarte: estar contigo me engorda no sólo el alma, también el cuerpo y otras cosas; ahora me cuido. A tu lado todas se contagian de tu belleza, pero te digo adiós, mi rubia. Me da pena; escribo esto y siento lástima. Lástima por tener que despedirme en estas condiciones pero, como te he dicho, me has quitado más de lo que me has dado. Si acaso, un día de estos te llamaré y nos veremos, supongo, para escribir algo, pero de momento no, mi rubia. No pienso volver a beberte.

 

Un abrazo

23 March, 2007

Cuentos, de Mario Benedetti

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Que no se diga; ya he leído algo más de él, ya puedo asistir a recitales en su honor sin sentirme extraño.

No pienso hacer un análisis de estos Cuentos, por internet habrá decenas de ellos. Me gustaría cetrarme en una de las historias, podría decirse que de amor sincero, que ocupan el volúmen. No se sabe bien por qué algunas veces te ves atrapado en el interior de un libro, sus personajes, te ves tú mismo sentado en el hospital esperando a que la mujer del protagonista, tu mujer, salga adelante, o no. No se bien por qué se dan esas situaciones; algo así como un microuniverso (toma ya) en el que te encuentras totalmente a gustito contigo mismo y lo que lees; lo exterior no tiene tanta importancia.

Así que, si habéis leído la historia de la entrada anterior tal vez hayáis sentido esa sensación. Seguramente no; a cada cual le viene con lo que menos espera: una maldita bolsa agitada por el viento, un pedo disimulado que se tira el amado con una sonrisilla de y ahora te lo comes, jodío, o un estar al sol, esperando a algo.

Destaco especialmente estas frases:

Entonces extraje la libreta y empecé a escribir esto, para leérselo a ella cuando estuviéramos otra vez en casa, para leérmelo a mi cuando estuviéramos otra vez en casa. Otra vez en casa. Que bien sonaba.

Otra eternidad y sonaron las doce. Si pasa de hoy. Y había pasado. Definitivamente había pasado y seguía respirando y me dormí. No soñé nada.

Ya sólo por eso merece la pena. 

Sábado de Gloria, por Mario Benedetti

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Sábado de Gloria

      Desde antes de despertarme, oí caer la lluvia. Primero pensé que serían las seis y cuarto de la mañana y debía ir a la oficina pero había dejado en casa de mi madre los zapatos de goma y tendría que meter papel de diario en los otros zapatos, los comunes, porque me pone fuera de mi sentir como la humedad me va enfriando los pies y los tobillos. Después creí que era domingo y me podía quedar un rato bajo las frazadas. Eso —la certeza del feriado— me proporciona siempre un placer infantil. Saber que puedo disponer del tiempo como si fuera libre, como si no tuviera que correr dos cuadras, cuatro de cada seis mañanas, para ganarle al reloj en que debo registrar mi llegada. Saber que puedo ponerme grave y pensar en temas importantes como la vida, la muerte, el fútbol y la guerra. Durante la semana no tengo tiempo. Cuando llego a la oficina me esperan cincuenta o sesenta asuntos a los que debo convertir en asientos contables, estamparles el sello de contabilizado en fecha y poner mis iniciales con tinta verde. A las doce tengo liquidados aproximadamente la mitad y corro cuatro cuadras para poder introducirme en la plataforma del ómnibus. Si no corro esas cuadras vengo colgado y me da nausea pasar tan cerca de los tranvías. En realidad no es nausea sino miedo, un miedo horroroso.
      Eso no significa que piense en la muerte sino que me da asco imaginarme con la cabeza rota o despanzurrado en medio de doscientos preocupados curiosos que se empinaran para verme y contarlo todo, al día siguiente, mientras saborean el postre en el almuerzo familiar. Un almuerzo familiar semejante al que liquido en veinticinco minutos, completamente solo, porque Gloria se va media hora antes a la tienda y me deja todo listo en cuatro viandas sobre el primus a fuego lento, de manera que no tengo mas que lavarme las manos y tragar la sopa, la milanesa, la tortilla y la compota, echarle un vistazo al diario y lanzarme otra vez a la caza del ómnibus. Cuando llego a las dos, escrituro las veinte o treinta operaciones que quedaron pendientes y a eso de las cinco acudo con mi libreta al timbrazo puntual del vicepresidente que me dicta las cinco o seis cartas de rigor que debo entregar, antes de las siete, traducidas al ingles o al alemán.
      Dos veces por semana, Gloria me espera a la salida para divertirnos en un cine donde ella llora copiosamente y yo estrujo el sombrero o mastico el programa. Los otros días ella va a ver a su madre y yo atiendo la contabilidad de dos panaderías, cuyos propietarios —dos gallegos y un mallorquín— ganan lo suficiente fabricando bizcochos con huevos podridos, pero mas aún regentando las amuebladas mas concurridas de la zona sur. De modo que cuando regreso a casa, ella esta durmiendo o —cuando volvemos juntos— cenamos y nos acostamos en seguida, cansados como animales. Muy pocas noches nos queda cuerda para el consumo conyugal, y así, sin leer un solo libro, sin comentar siquiera las discusiones entre mis compañeros o las brutalidades de su jefe, que se llama así mismo un pan de Dios y al que ellos denominan pan duro, sin decirnos a veces buenas noches, nos quedamos dormidos sin apagar la luz, porque ella quería leer el crimen y yo la página de deportes.
      Los comentarios quedan para un sábado como este. (Porque en realidad era un sábado, el final de una siesta de sábado.) Yo me levanto a las tres y media y preparo el te con leche y lo traigo a la cama y ella se despierta entonces y pasa revista a la rutina semanal y pone al día mis calcetines antes de levantarse a las cinco menos cuarto para escuchar la hora del bolero. Sin embargo, este sábado no hubiera sido de comentarios, porque anoche después del cine me excedí en el elogio de Margaret Sullavan y ella sin titubear, se puso a pellizcarme y, como yo seguía inmutable, me agredió con algo mas temible y solapado como la descripción simpática de un compañero de la tienda, y es una trampa, claro, porque la actriz es una imagen y el tipo ese todo un baboso de carne y hueso. Por esa estupidez nos acostamos sin hablarnos y esperamos una media hora con la luz apagada, a ver si el otro iniciaba el tramite reconciliatorio. Yo no tenia inconveniente en ser el primero, como en tantas otras veces, pero el sueño empezó antes de que terminara el simulacro de odio y la paz fue postergada para hoy, para el espacio blanco de esta siesta.
      Por eso, cuando vi que llovía, pense que era mejor, porque la inclemencia exterior reforzaría automáticamente nuestra intimidad y ninguno de los dos iba a ser tan idiota como para pasar de trompa y en silencio una tarde lluviosa de sábado que necesariamente deberíamos compartir en un departamento de dos habitaciones, donde la soledad virtualmente no existe y todo se reduce a vivir frente a frente. Ella se despertó con quejidos, pero yo no pense nada malo. Siempre se queja al despertarse.
      Pero cuando se despertó del todo e investigue en su rostro, la note verdaderamente mal, con el sufrimiento patente en las ojeras. No me acordé entonces de que no nos hablábamos y le pregunté que le pasaba. Le dolía en el costado. Le dolía muy fuerte y estaba asustada.
      Le dije que iba a llamar a la doctora y ella dijo que si, que la llamara en seguida. Trataba de sonreír pero tenia los ojos tan hundidos, que yo vacilaba entre quedarme con ella o ir a hablar por teléfono. Después pense que si no iba se asustaría mas y entonces baje y llame a la doctora.
      El tipo que atendió dijo que no estaba en casa. No se por que se me ocurrió que mentía y le dije que no era cierto, porque yo la había visto entrar. Entonces me dijo que esperara un instante y al cabo de cinco minutos volvía al aparato e inventó que yo tenia suerte, porque en este momento había llegado. Le dije mire que bien y le hice anotar la dirección y la urgencia.
      Cuando regrese, Gloria estaba mareada y aquello le dolía mucho mas. Yo no sabia que hacer. Le puse una bolsa de agua caliente y después una bolsa de hielo. Nada la calmaba y le dí una aspirina. A las seis la doctora no había llegado y yo estaba demasiado nervioso como para poder alentar a nadie. Le conté tres o cuatro anécdotas que querían ser alegres, pero cuando ella sonreía con una mueca me daba bastante rabia porque comprendía que no quería desanimarme. Tome un vaso de leche y nada mas, porque sentía una bola en el estomago. A las seis y media vino al fin la doctora. Es una vaca enorme, demasiado grande para nuestro departamento. Tuvo dos o tres risitas estimulantes y después se puso a apretarle la barriga. Le clavaba los dedos y luego soltaba de golpe. Gloria se mordía los labios y decía si, que ahí le dolía, y allí un poco mas, y allá mas aun. Siempre le dolía mas.
      La vaca aquella seguía clavándole los dedos y soltando de golpe. Cuando se enderezo tenia ojos de susto ella también y pidió alcohol para desinfectarse. En el corredor me dijo que era peritonitis y que había que operar de inmediato. Le confesé que estabamos en una mutualista y ella me aseguro que iba a hablar con el cirujano.
      Bajé con ella y telefoneé a la parada de taxis y a la madre. Subí por la escalera porque en el sexto piso habían dejado abierto el ascensor. Gloria estaba hecha un ovillo y, aunque tenía los ojos secos, yo sabía que lloraba. Hice que se pusiera mi sobretodo y mi bufanda y eso me trajo el recuerdo de un domingo en que se vistió de pantalones y campera, y nos reíamos de su trasero saliente, de sus caderas poco masculinas.
      Pero ahora ella con mi ropa era sólo una parodia de esa tarde y había que irse en seguida y no pensar. Cuando salíamos llego su madre y dijo pobrecita y abrígate por Dios. Entonces ella pareció comprender que había que ser fuerte y se resigno a esa fortaleza. En el taxi hizo unas cuantas bromas sobre la licencia obligada que le darían en la tienda y que yo no iba a tener calcetines para el lunes y, como la madre era virtualmente un manantial, ella le dijo si se creía que esto era un episodio de radio. Yo sabía que cada vez le dolía mas fuerte y ella sabía que yo sabía y se apretaba contra mi.
      Cuando la bajamos en el sanatorio no tuvo mas remedio que quejarse. La dejamos en una salita y al rato vino el cirujano. Era un tipo alto, de mirada distraída y bondadosa. Llevaba el guardapolvo desabrochado y bastante sucio. Ordeno que saliéramos y cerró la puerta. La madre se sentó en una silla baja y lloraba cada vez mas. Yo me puse a mirar la calle; ahora no llovía. Ni siquiera tenía el consuelo de fumar. Ya en la época de liceo era el único entre treinta y ocho que no había probado nunca un cigarrillo. Fue en la época de liceo que conocí a Gloria y ella tenía trenzas negras y no podía pasar cosmografía. Había dos modos de trabar relación con ella. O enseñarle cosmografía o aprenderla juntos. Lo ultimo era lo apropiado y, claro, ambos la aprendimos.
      Entonces salió el medico y me preguntó si yo era el hermano o el marido. Yo dije que el marido y el tosió como un asmático. “No es peritonitis”, dijo, “la doctora esa es una burra”. “Ah”, “Es otra cosa. Mañana lo sabremos mejor.” Mañana. Es decir que. “Lo sabremos mejor si pasa esta noche. Si la operábamos, se acaba. Es bastante grave pero si pasa hoy, creo que se salva”. Le agradecí —no se que le agradecí— y el agregó: “La reglamentación no lo permite, pero esta noche puede acompañarla.”
      Primero paso una enfermera con mi sobretodo y mi bufanda. Después paso ella en una camilla, con los ojos cerrados, inconsciente.
      A las ocho pude entrar en la salita individual donde habían puesto a Gloria. Además de la cama había una silla y una mesa. Me senté a horcajadas sobre la silla y apoyé los codos en el respaldo. Sentía un dolor nervioso en los párpados, como si tuviera los ojos excesivamente abiertos. No podía dejar de mirarla. La sabana continuaba en la palidez de su rostro y la frente estaba brillante, cerosa. Era una delicia sentirla respirar, aun así con los ojos cerrados. Me hacia la ilusión de que no me hablaba sólo porque a mi me gustaba Margaret Sullavan, de que yo no le hablaba porque su compañero esa simpático. Pero, en el fondo, yo sabía la verdad y me sentía como en el aire, como si este insomnio fuera una lamentable irrealidad que me exigía esta tensión momentánea, una tensión que de un momento a otro iba a terminar.
      Cada eternidad sonaba a lo lejos un reloj y había transcurrido solamente una hora. Una vez me levante y salí al corredor y camine unos pasos. Me salió un tipo al encuentro, mordiendo un cigarrillo y preguntándome con un rostro gesticuloso y radiante “Así que usted también esta de espera?” Le dije que si, que también esperaba. “Es el primero”, agrego, “parece que da trabajo”. Entonces sentí que me aflojaba y entre otra vez en la salita a sentarme a horcajadas en la silla. Empece a contar las baldosas y a jugar juegos de superstición, haciéndome trampas. Calculaba a ojo el numero de baldosas que había en una hilera y luego me decía que si era impar se salvaba. Y era impar. También se salvaba si sonaban las campanadas del reloj antes de que contara diez. Y el reloj sonaba al contar cinco o seis. De pronto me hallé pensando: “Si pasa de hoy…” y me entró el pánico. Era preciso asegurar el futuro, imaginarlo a todo trance. Era preciso fabricar un futuro para arrancarla de esta muerte en cierne. Y me puse a pensar que en la licencia anual iríamos a Floresta, que el domingo próximo —porque era necesario crear un futuro bien cercano— iríamos a cenar con mi hermano y su mujer y nos reiríamos con ellos del susto de mi suegra, que yo haría publica mi ruptura formal con Margaret Sullavan, que Gloria y yo tendríamos un hijo, dos hijos, cuatro hijos y cada vez yo me pondría a esperar impaciente en el corredor.
      Entonces entró una enfermera y me hizo salir para darle una inyección. Después volví y seguí formulando ese futuro fácil, transparente. Pero ella sacudió la cabeza, murmuró algo y nada mas. Entonces todo el presente era ella luchando por vivir, sólo ella y yo y la amenaza de la muerte, sólo yo pendiente de las aletas de su nariz que benditamente se abrían y se cerraban, sólo esta salita y el reloj sonando.
      Entonces extraje la libreta y empecé a escribir esto, para leérselo a ella cuando estuviéramos otra vez en casa, para leérmelo a mi cuando estuviéramos otra vez en casa. Otra vez en casa. Que bien sonaba. Y sin embargo parecía lejano, tan lejano como la primera mujer cuando uno tiene once años, como el reumatismo cuando uno tiene veinte, como la muerte cuando sólo era ayer. De pronto me distraje y pensé en los partidos de hoy, en si los habrían suspendido por la lluvia, en el juez inglés que debutaba en el Estadio, en los asientos contables que escrituré esta mañana. Pero cuando ella volvió a penetrar por mis ojos, con la frente brillante y cerosa, con la boca seca masticando su fiebre, me sentí profundamente ajeno en ese sábado que habría sido el mío.
      Eran las once y media y me acordé de Dios, de mi antigua esperanza de que acaso existiera. No quise rezar, por estricta honradez. Se reza ante aquello en que se cree verdaderamente. Yo no puedo creer verdaderamente en el. Sólo tengo la esperanza de que exista. Después me di cuenta de que yo no rezaba solo para ver si mi honradez lo conmovía. Y entonces recé. Una oración aplastante, llena de escrúpulos, brutal, una oración como para que no quedasen dudas de que yo no quería no podía adularlo, una oración a mano armada. Escuchaba mi propio balbuceo mental, pero escuchaba sólo la respiración de Gloria, difícil, afanosa. Otra eternidad y sonaron las doce. Si pasa de hoy. Y había pasado. Definitivamente había pasado y seguía respirando y me dormí. No soñé nada.
      Alguien me sacudió el brazo y eran las cuatro y diez. Ella no estaba. Entonces el médico entró y le preguntó a la enfermera si me lo había dicho. Yo grite que sí, que me lo había dicho —aunque no era cierto— y que el era un animal, un bruto más bruto aún que la doctora, porque había dicho que si pasaba de hoy, y sin embargo. Le grité, creo que hasta lo escupí frenético, y él me miraba bondadoso, odiosamente comprensivo, y yo sabía que no tenía razón, porque el culpable era yo por haberme dormido, por haberla dejado sin mi única mirada, sin su futuro imaginado por mí, sin mi oración hiriente, castigada.
      Y entonces pedí que me dijeran en donde podía verla. Me sostenía una insulsa curiosidad por verla desaparecer, llevándose consigo todos mis hijos, todos mis feriados, toda mi apática ternura hacia Dios.

(1950)