7 February, 2007

-.- No Basado en una historia real -.-

Filed under: Lights & Tales

La historia suele comenzar cuando miras el móvil por enésima vez y sólo te devuelve el mismo fondo de pantalla que llevas arrastrando meses. Apuras la copa hasta la última gota y, con gran aflicción, te despides de tus amigos. Ellos te piden acompañarte pero tú decides que no, que mejor sólo; necesito pensar, dices. Ni los bolardos ni las personas se apartan de ti con la suficiente rapidez que quisieras; te enfadas, pero no es por la elevada cantidad de alcohol que llevas en sangre, que sabemos que te gustaría que fuese tanta como para quitarte el sentido, sino por la felicidad que inunda el ambiente que te rodea, justo a esa hora y en ese preciso lugar. Así que a duras penas subes al autobús, pagas el billete y te sientas en la esquina izquierda, la del fondo. Arranca y comienzas a rumiar pensamientos un tanto extraños y, sin que te des cuenta, de repente te imaginas ahí, asomado al puente. Todo es muy peliculero; tú mismo te ves en tercera persona, imaginando tus pensamientos y, zas… no ves el salto, porque tu cabecita en el fondo es demasiado romántica, así que apareces directamente, como flotando sobre sus cabezas, en tu propio funeral. Ahí ves a todos, amigos, familiares y ex-novia (no en ese orden), mientras lloran tu pérdida. Eso te hace sentir feliz e importante, una pieza que al eliminarla lo único que causaría sería desdicha a los que le rodean. Tu mente romántica te vuelve a engañar y una vocecilla te dice que te dejes de gilipolleces, amigo. Total, que el autobús llega al puente y en un último arranque de valor le das al botón de aviso de parada. Vas a levantarte, pero entonces piensas el frío que debe hacer fuera, que tal vez hoy no sea el día y sí mañana… y con esta cantinela apareces en tu cama, calentito y, mientras te estiras todo lo que puedes bajo las mantas piensas que tal vez el frío no era tal, ni que el valor se marcha de un día para otro, que tal vez lo que te impidió saltar fue el pensar que la vida continúa, para todos, y que ellos no iban a estar ahí siempre haciendo brindis en tu honor recordando al gran John Smittie. Entonces es cuando te quedas dormido, avergonzado. Al día siguiente, casualmente, hasta la mayor estupidez te arranca una sonrisa.

Me autobienvengo y os doy la bienvenida al resto. Para algunas personas de mi círculo cercano que no lo están pasando especialmente bien últimamente: let the sunshine in, my dear fellows.

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